VENGANZAS Y CASTIGOS DE LOS ORISHAS
LYDIA CABRERA

Los santos, airados, no solamente envían las enfermedades sino todo género de calamidades. Del caso de Papá Colás conocido en la Habana a fines del siglo pasado, se acordarán los viejos. Era “omó Obatalá”. Tenía la incalificable costumbre de enojarse y conducirse soezmente con su Santo, de insultarle cuando no tenía dinero. Conozco la historia por varios conductos: sabido es que Obatalá, el dios puro por excelencia —es el Inmaculado, el dios de la blancura, el dueño de todo lo que es blanco o participa esencialmente de lo blanco—, exige un trato delicadísimo. La piedra que habita Obatalá no puede sufrir inclemencias de sol, de aire, de sereno. A Obatalá es menester tenerle siempre envuelto en algodón —Oú— cubrirlo con un género de una blancura impecable.

En sus accesos de rabia, Papá Colás asía a Obatalá, lo liaba en un trapo sucio o negro, y para mayor sacrilegio, lo relegaba al retrete. Obatalá es el Misericordioso; es el gran Orisha omnipotente que dice “yo siempre perdono a mis hijos”; pero a la larga se hartó de un trato tan canallesco e injustificable. Un día que a Papá Colás le bajó el Santo, este le dejó dicho que en penitencia por su irreverencia se diera por preso, permaneciendo en su cuarto durante diez y seis días junto a los orishas. Papá Colás se encogió de hombros, y muy lejos de obedecer la voluntad del dios, soltando un rosario de atrocidades, se marchó a la calle sin ponerse un distintivo de Obatalá, sin llevar siquiera una cinta blanca de hiladillo.

“Yo que conocí a sus hermanas, doy fe que todo eso es verdad; las pobres siempre tenían el corazón temblando en la boca, comentando su mala conducta y esperando que el Santo lo revolcara. Colás se portaba con los Santos como un mogrolón (sic) y ellas decían: El Angel lo va a tumbar”. Y así fue. Dormía Papá Colás frente a la ventana de su habitación, que daba a la calle, y sin saberse poqué, al pasar el carretón de la basura, el negro, como un loco (recuérdese que Obatalá, “el amo de las cabezas”, castiga con la cabeza y arrebata el juicio) armándose de la tranca de la puerta mató al carretonero.

Así diez y seis días de retiro se convirtieron en diez y seis años de presidio para el desobediente. Un contemporáneo de este santero, tan conocido por sus blasfemias y rebeldías como por su clarividencia —dicen que para adivinar no tenía necesidad de consultar sus caracoles, “tan fuerte era su vista”— nos cuenta que los jueces iban a condenarlo a pena de muerte (garrote); que hubo junta de babalawos y que Orula, Oshún y Obatalá se negaban a acceder a los ruegos de los demás Santos que pedían su gracia. Obatalá, después de largas súplicas, solo perdonó y consintió en salvarle la vida “cuando los blancos pensaron en sentenciarlo con pena de orí (cabeza), y Obatalá, por tratarse de la cabeza de un hijo suyo, conmutó la pena”. Este Papá Colás, que ha dejado tantos recuerdos entre los viejos, era famoso invertido y sorprendiendo la candidez de un cura, casó disfrazado de mujer, con otro invertido, motivando el escándalo que puede presumirse.

Desde muy atrás se registra el pecado nefando como algo muy frecuente en la Regla lucumí. Sin embargo, muchos babalochas, omó—Changó, murieron castigados por un orisha tan varonil y mujeriego como Changó, que repudia este vicio. Actualmente la proporción de pederastas en Ocha (no así en las sectas que se reclaman de congos, en las que se les desprecia profundamente y de las que se les expulsa) parece ser tan numerosa que es motivo continuo de indignación para los viejos santeros y devotos. “¡A cada paso se tropieza uno un partido con su merengueteo!”

“En esto de los Addodis hay misterio”, dice Sandoval, “porque Yemayá tuvo que ver con uno... Se enamoró y vivió con uno de ellos. Fué en un país, Laddó, donde todos los habitantes eran así, maricas, mitad hombres, que dicen nafroditos (sic) y Yemayá los protegía”. “Oddo es tierra de Yemayá. ¡Cuántos hijos de Yemayá son maricas!” (y de Oshún). Sin embargo, los Santos Hombres, Changó, Oggún, Elegguá, Ochosi, Orula, y no digamos Obatalá, no ven con buenos ojos a los pederastas. No hace muchos años, Tiyo asistió a la escena que costó la vida a un afeminado que llamaban por mofa María Luisa, y que era hijo de Changó Terddún. “La pena era que aquel desgraciado le bajaba un Changó magnífico. Cuando para sacar a cualquiera de un aprieto lo mandaba a que se jugase el dinero de la comida o del alquiler del cuarto al número que le decía, nunca lo engañaba. Ese número que daba Changó Terddún salía seguro. ¡Ah! Pero Changó no lo quería amujerado, y ya había declarado en público que su hijo lo tenía muy avergonzado.
Fué en una fiesta de la Virgen de la Regla, María Luisa estaba allí y todos nosotros bromeando con él, ridiculizándolo. En eso, cuando a María Luisa le estaba subiendo el Santo, llegó otro negrito, un cojo, Biyikén, y le dio un pellizco en salva sea la parte. Ahí Changó mismo se viró como un toro furioso y gritó: ¡Ya está bueno! Mandó a traer una palangana grande con un poco de agua y nos ordenó que todos escupiésemos dentro y que el que no escupiese recibiría el mismo castigo que le iba a dar a su hijo. María Luisa estaba sano. Era bonito el negrito, y simpático... ¡Una lástima! Cuando se llenó de escupitajos la palangana, se le vació en la cabeza. Al otro día, María Luisa amaneció con fiebre. A los diez y seis días, lo llevamos al cementerio. Changó Terddún lo dejó como un higuito”.

No menos extraña y ejemplar la historia de los Santeros R. y Ch... Ch. Con un mantón amarillo de seda enredado a la cintura era la Caridad del Cobre, Oshún panchággara, en persona.

En Gervasio, en el solar de los Catalanes, celebró una gran fiesta en honor de Oshún. Era espléndida la “plaza” que le hizo a la diosa (plaza se llama a las ofrendas de frutas, que después de exponerlas un rato ante las soperas del Orisha, se reparten entre los devotos y asistentes a la fiesta). “Todo lo que se daba allí era por canastas”, me cuenta un testigo, “las naranjas, los cocos, los canisteles, las ciruelas, los mangos, los plátanos manzanos, las frutas bombas, todas las frutas predilectas de Oshún, los huevos, además de los platos de bollos, palanquetas, panetelas borrachas, miel, natillas, harina dulce con leche y mantequilla, pasas, almendras y azúcar blanca espolvoreada con canela, y rositas de maíz... Ch. Había gastado en grande para su Santa. La casa estaba llena de bote en bote. A las doce, cae Ch. con Oshún. R. que está en la puerta borracho, dice: a mí también ahora mismo me va a dar Santo, y lo fingió. Entra al cuarto, va a la canasta de los bollos, y se pone a comer bollos con miel. Viene Ch. con Oshún a saludarlo y éste le manda un galletazo. Lo agarran, y le pega una patada. Le gritamos ¡R. tírate al suelo! ¡Pídele perdón a Mamá!

—¡Bah! ese es un maricón...
—No es Ch. ¡Es nuestra Mamá!

Oshún no se movió. Abrió el mantón, un mantón muy bueno que le habían regalado a Ch. los ahijados, y se rió. Levantó la mano derecha y apuntando para R. tocándose el pecho dijo:
—Cinco irolé para mi hijo, y cinco irolé para mi otro hijo.
Y ahí mismo se fué.

Ch. amaneció con cuarenta grados de fiebre y el vientre inflamado. R. amaneció con cuarenta grados de fiebre y el vientre inflamado... Cinco días después murieron a la misma hora, el mismo día. No valió que los ahijados trajeran un pavo real y cincuenta y cinco gallinas amarillas y todo lo que hacía falta para hacerle ebbó. Cinco días después, asistiendo yo al entierro de Ch., pasaba al mismo tiempo la puerta del cementerio el entierro de R. Las tumbas están cerca. La madre de Ch., que también era hija de Oshún, y veinticuatro personas más que eran hijos e hijas de Oshún, en uno y otro cortejo se subieron y usted las veía reirse y reirse, sin hablar... Hasta que echaron la última paletada de tierra, las Oshún al lado de la fosa, no dejaron de reir, pero no a carcajadas como se ríe la Santa, sino con una risa fría y burlona que helaba la sangre, en un silencio en que no se oía más que la pala y el puñado de tierra cayendo en el hoyo”.

Abundan también las lesbias en Ocha (alacuattá) que antaño tenían por patrón a Inle, el médico, Kukufago, San Rafael, “Santo muy fuerte y misterioso” y a cuya fiesta tradicional en la loma del Angel, en los días de la colonia, al decir de los viejos, todas acudían. Invertidos, —Addóddis, Obini—Toyo, Obini—Naña o Erán Kibá, Wassicúndi o Diánkune, como les llaman los Abakuás o Ñañigos— y Alácuattas u Oremi se daban cita en el barrio del Angel el 24 de octubre. Los balcones de las casas se quemaba un pez de paja relleno de pólvora y con cohetes en la cola; la procesión y los fuegos artificiales resultaban espléndidos. Allí estaba en el año 1887, “su capataza la Zumbáo”, que vivía en la misma loma. Armaba una mesa en la calle y vendía las famosas tortillas de San Rafael. (Las del negro Papá Upa, su contemporáneo, fueron también muy célebres, y aun las recuerdan algún viejo glotón).

De la Zumbáo, santera de Inle, me han hablado en efecto, varios viejos. Era costurera con buena clientela, muy presumida y rumbosa. Otros me hablan de una supuesta sociedad religiosa de Alacuattás. Lo curioso es que Inle es un Santo tan casto y exigente, en lo que se refiere a la moral de sus hijos y devotos, como Yewá. Es tan poco mentado como ésta, como Abokú (Santiago Apóstol) y Naná, pues se le teme y nadie se arriesga a servir a divinidades tan severas e imperiosas. Ya en los últimos años del siglo pasado, en la Habana, “Inle casi no visitaba las cabezas”. Una sesentona me cuenta que una vez fue al Palenque y bajó Inle. Todos los Santos le rindieron pleitesía y todas las viejas y viejos de nación que estaban presentes “se echaron a llorar de emoción”. —“Desde entonces”, me dice, “no he vuelto a ver a Inle en cabeza de nadie” y tampoco recuerda más nada de aquella inolvidable visita al Palenque que honró la bajada de San Rafael, pues tarde, cuando había terminado la fiesta, se halló en el fondo de la casa, en una habitación, atontada y con la ropa todavía empapada de agua. Deduce que “le dio el Santo”, Inle, y como es costumbre cuando el Santo se manifiesta presentarle una jícara llena de agua para que beba y espurrée abundantemente a los fieles, su traje húmedo y su “sirímba”, (atontamiento) serían prueba de haberla poseído el Orisha.

A Inle se le tiene en Santa Clara por San Juan Bautista, (24 de junio) que aquí es el día de Oggún, y no por San Rafael, (24 de octubre). Es un adolescente, casi un niño; se le ofrecen juguetes, y es tan travieso que lo emborrachan la noche del veinte y tres para que pase durmiendo el día siguiente y no haga de las suyas. Amanece fresco el veinte y cinco. Era el Santo del famoso villareño Blas Casanova, que en él se manifestaba muy sereno y “leía el alma de todos”.

Yewá, “nuestra Señora de los Desamparados”, virgen, prohibe a sus hijas todo comercio sexual; de ahí que sus servidoras sean siempre viejas, vírgenes o ya estériles, e Inle, “tan severo”, tan poderoso y delicado como Yewá, acaso exigía lo mismo de sus santeras, las cuales se abstenían de mantener relaciones sexuales con los hombres.

No menos conocido que el caso de Papá Colás entre la vieja santería, es el de P.S., hijo de una de las más consideradas y solicitadas iyalochas habaneras, de O.O., quien en un momento de expansión, me lo refiere como ejemplo de la inflexibilidad y del proceder de un dios agraviado.

“P. era, como yo, hijo de Changó; y como tal era tamborero aunque de afición. Si cogía un cajón para tocar, el cajón se volvía un tambor. Cantaba que hacía bajar del cielo a todos los Santos. Pero mi hijo P. se puso en falta con Changó y se perdió. En una fiesta le dijo así al mismo Santo, en mi propia casa: si es verdad que usté es Santa Bárbara y dice que hace y que torna, y que a mí me va a matar ¡máteme enseguida! A ver, ¡que me parta un rayo ahora mismo! y déjese de más historias. Santa Bárbara no le contestó. Se echó a reír. Yo me quedé fría, y abochornada del atrevimiento del muchacho. Pasaron los años. El siguió trabajando y divirtiéndose. En los toques que yo daba en mi casa, Santa Bárbara recogía dinero y se lo daba .

Bueno, con eso P. creyó que a Changó se le había olvidado aquel incidente. Otra falta que cometió fue la de sonar a varias mujeres de Changó: ¡digo, con lo celoso que es él! Ponga otras cositas que hizo, unidas a la zoquetería que tuvo con el propio Santo y arresultó que al cabo del tiempo, y cuando menos se lo pensaba, Santa Bárbara saltó con que se las iba a cobrar entonces todas juntas, y caro. Por que eso tienen los Santos, esperan para vengarse, dan cordel y cordel, y arrancan cuando más desprevenido está el que tiró la piedra. Primero Changó me lo puso como bobo. Después loco. Un día se fué desnudo a la calle y volvió tinto en sangre. Estuvo amarrado. Pedía perdón y Santa Bárbara lo que contestaba siempre era: que sepa que yo los tengo más grandes que él, que yo no he olvidado, aunque cuando me insultó me reía. Y yo su madre, con ser yalocha, sin poder salvarlo. Tiraba los caracoles para hacerle algo a mi hijo (ebbó) y Changó me contestaba que yo no podía más que él, que me dejase de parejerías. Oigame, no logré hacerle ni una limpieza a mi hijo. ¡Nada, con mi santería! Y a padecer como madre. Al fin murió que no era ni su sombra. Un esqueleto. Cuando se lo llevaron, lo que pesaba era la caja”.

O.O. deja en silencio otro pecado imperdonable que cometió su sacrílego hijo. Es una llegada suya quien me cuenta que lo que más entristeció a O.O. —y “desde entonces ella empezó a declinar, eso acabó con ella”— fue lo que hizo con su piedra de Oshún. “O.O. tenía una piedra africana que era de su madrina lucumisa; su madrina la trajo cuando vino a Cuba, y se la había dejado a ella. La piedra creció. Se puso enorme. Parecía por la forma, un melón. Dos hombres no podían moverla. Esa Caridad tenía un metro de ancho. Como que no había sopera para ella. O.O. la tenía en una batea. En una mudada, P. se la botó. Sí señora... Dicen muchos que la echó al río, pero no se sabe de fijo adonde fué a parar la Caridad del Cobre”.

No siempre los Santos, sin embargo, castigan con justicia. Si en el caso de Papá Colás se comprende que Obatalá aplicara a su hijo un correctivo más que merecido, en el de Luis S. el rigor de Changó parece tan excesivo como gratuito. Contra el capricho despiadado de los dioses, contra la antipatía divina que se ensaña en algún mortal, “por que sí”, no puede lucharse.

Se ataja a tiempo el mal que desencadena el mayombero judío, este tipo que aún inspira al pueblo un terror en el que hallaremos tan fuertes, tan rancias reminiscencias africanas: todo se estrella, en cambio contra la mala voluntad irreductible del Santo que “emperra”, “se vuelve de espaldas” y niega su protección o su perdón al hombre infortunado, sin más pecado que el de haber incurrido en su desagrado, “en caerle pesado”. Si bien es cierto que el favor de los Orishas se compra, pues son estos muy interesados, glotones y susceptibles al halago, cuando el Orisha se enterca y se hace el sordo, no acepta transacción alguna. Y aquí, si el adivino y conjurador, dueño de los medios de que se vale —coco, diloggún, okpelé, vititi mensu o andilé— para revelar al hombre el misterio del presente o la incógnita del futuro, es honrado no insistirá en rogativas que arruinen al sentenciado sin apelación con gastos que implican serios sacrificios y de los que sólo él se beneficiará mterialmente.

“Cuando el Santo se vira y quiere perder a uno, ¿qué se va a hacer?” Absolutamente nada. La enfermedad entonces lo saben el babalawo y el gangángáme, no tiene remedio; ya no existe para este individuo la posibilidad de “un cambio de vida” o de cabeza, esta operación mágica, universal y milenaria que consiste en hacer pasar la enfermedad de una persona a un animal, a un muñeco, al que se tratará de darle el mayor parecido con el enfermo, o a otra persona sana, por lo que muchos se guardan de estar en contacto directo y aún de visitar santeros e iyalochas enfermos de gravedad, “no sea que cambien vida”, pues el espíritu más fuerte puede apoderarse de la vitalidad del más debil, robarle la vida y recuperar la salud. (“Por eso vé Vd. que un santero viejo, ya moribundo revive, y en cambio se muere el joven que está a su lado”).

Tampoco le salvaría la gracia que un orisha infundiera a una yerba. No valen rogaciones ni ebbó, sacrificios de aves y cuadrúpedos, tan eficaces que estipulan de antemano los Santos, especificando su naturaleza en cada caso, mediante los caracoles o el Ifá.

Luis S., al revés que Papá Colás, no era santero. En un toque de tambor Changó le pidió “agguddé” —plátano—, y Luis no lo entendió o se hizo el distraido. Es verdad que no creía mucho en los Santos; detalle de la mayor importancia. Un domingo que iba de compras al mercado alguien se le acercó y le habló en lengua. En aquel instante perdió el conocimiento y sin recobrarlo lo llevaron a su habitación en el solar. No volvió en sí hasta transcurridas cinco horas. Estando aún inconsciente en la cama, su mujer “cae” con Changó, éste la conduce a casa de su madrina, y allí el Santo refiere lo ocurrido.

—“Alafi (Changó) ¿pero qué has hecho?” le preguntan. “Etie mi cosinca”, (No he hecho nada) responde el Santo maliciosamente dándose en la rodilla y encogiéndose de hombros.

La madrina le retiró el Santo a la mujer de Luis. No se perdió tiempo; se hicieron rogaciones para desagraviar a Changó. Advertido por la madrina de su mujer, Luis le sacrificó un hermoso carnero. Pero Changó... “de tan rencoroso, de tan caprichoso que es”, no quedó satisfecho. El hombre empeoró y su mujer no podía dejarlo solo pues inmediatamente Alafi lo lanzaba al suelo y quedaba atontado, privado de movimiento por mucho rato. Explicaba torpemente al volver en sí, que un negro lo elevaba y lo dejaba caer. “Por la tirria de Santa Bárbara, que se empeñó en acabar con él”, Luis S. al fin murió de un síncope.

VENGANZAS Y CASTIGOS DE LOS ORISHAS
Extraido de EL MONTE
Lydia Cabrera
Amanecer Vudú. Valdemar Antologías 3